—Sin tí me falta la mitad de mi vida, y parece que no soy nada buena, como deseo serlo.»
Luego se abalanzaba hacia él, le estrechaba en sus brazos, y reclinando su frente sobre el pecho del hombre aburrido, decía con gemido perezoso: «¡Te quiero tanto!...»
La resistencia de León á tomar parte en las prácticas piadosas estableció al fin aquella desavenencia, ó mejor dicho, completo divorcio moral en que les hallamos á los dos años de su matrimonio. Ni se comunicaban un pensamiento, ni se consultaban una idea ó plan, ni partían entre los dos una alegría ó un pesar, que es el comercio natural de las almas, ni se entristecían juntamente, ni mutuamente se alegraban, ni siquiera reñían. Eran como esas estrellas que á la vista están juntas y en realidad á muchos millones de leguas una de otra. Fácil era á los amigos conocer que León sufría en silencio un gran dolor.
«Se empeña—decían,—en que su mujer sea racionalista, y esto es tan ridículo como un hombre beato.
—Eso digo yo—añadía otro.—El creer ó no es cuestión de sexo.
—Es que está enamorado de su mujer.»
Esto último era exacto en el sentido de que León vivía fascinado aún por la hermosura cada día más sorprendente de María Egipciaca, hermosura que ella, sin dar tregua á la devoción, sabía realzar con el lujo, con la elegancia del vestir y el delicadísimo cuidado de su persona.
De María podía decirse lo mismo que de León, en lo relativo al enamoramiento: ella también no cambiara por cosa alguna el hombre que le habían dado la sociedad y la Iglesia. En cuanto á él, llenaba el vacío de su alma con aquella pasión temporal encendida por una pasmosa belleza. No le era indiferente, antes bien le vanagloriaba el beati possidentes con que la multitud obsequia al dueño de una mujer fiel y hermosa; y la idea de que María pudiese pertenecer á otro hombre, siquiera en intención ó pensamiento, le enfurecía. En resumen: eran dos seres divorciados por la idea en la esfera de los sentimientos puros y unidos por la hermosura en el campo turbulento de la fisiología. Sobre esto reflexionaba León en aquella hora de la noche. Ultimamente hizo esta observación amarguísima:
«El mundo está gobernado por palabras, no por ideas. Véase aquí como el matrimonio puede también llegar á ser un concubinato.»