Y cuando el Marqués le dijo:

«Yo te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad, que me hará creer en una utopia; ya sabes que yo no creo en utopias; pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve. ¡Sí: la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca!...»

Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su familia política, comparada, no sin gracejo, por el Marqués con el arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su esposa y la pena que ésta sentía al ver la mala disposición de sus padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca andaban.


XVII
La desbandada.

Tristísimo fué el pronóstico de los médicos. Sin embargo, indicaron que el desenlace funesto estaba aún lejano, con lo cual hubo esperanzas y algún sosiego en la casa. Tan consolador es el tiempo que está por venir como el que ha pasado, y las desgracias aplazadas, así como las transcurridas, se pierden en ese indeterminado horizonte detrás del cual está el ancho hemisferio del olvido. En la familia de Tellería empezó á renacer la calma, y cada individuo de ella fué recobrando poco á poco su habitual carácter. Gustavo era diputado y pasaba todo el día en el Congreso. La Marquesa, sin dar completamente tregua á la pena real que la dominaba, había recobrado aquella dulce expresión de conformidad con el mundo terrestre, mezclada siempre de cierto pietismo quejumbroso, de lo cual resultaba una especie de resignación á gozar. Las cosas fútiles la ocupaban largas horas. Una mañana encontróla León muy indecisa enfrente de una elección de sombreros de verano, traídos de la tienda. Había allí todas las variedades creadas cada mes por la inventiva francesa. Veíanse nidos de pájaro adornados de espigas y escarabajos, esportillas hendidas con golpes de musgo, platos de paja con florecillas silvestres, casquetes abollados, pleitas informes con picos de candil, cubiletes con alas de chambergo y pechugas de colibrí, solideos rodeados de gasas, en fin, todas las formas extravagantes, atrevidas ó ridículas con que la fantasía delirante de los artistas de modas emboba á las mujeres y arruína á los hombres. La Marquesa los miró todos, agraciando á cada cual con una observación picante y discreta, como mujer de refinadísimo gusto. Se puso algunos, los probó ante el espejo moviendo su cabeza para buscar mejor los efectos de línea y de color, y al fin los devolvió todos á la caja, diciendo:

«No compro nada... Todavía es posible que vayamos á Francia... Allí compraré, como otros años, todo lo que necesite, y lo introduciré... lo introduciré... Yo me sé entender con la Aduana. Sí: es posible que vayamos... ¿Pero no sabes, León...?»

Este había presenciado con su mujer y con Luis Gonzaga la inspección de sombreros, dando su parecer cuando se le pedía. La conversación pasó de la moda al contrabando. Los dos gemelos estaban mudos y tristes, mayormente Luis, que fijaba sus ojos con insistencia en la jardinería inmediata al balcón, llena de gomelos, algún rododendro y hermosas azaleas cubiertas de flores rosadas.

«¿No sabes, León?—prosiguió Milagros.—Ese mala cabeza de Leopoldo se nos marcha esta tarde. Va á Biarritz con esos chicos, con sus amigotes. No he podido contenerle... le he demostrado que quedándonos aquí todos por acompañar á Luis, él también debe quedarse. Dice que necesita los baños de mar, y no le falta razón... Aprovecha la marcha del Duque de Cerinola y del Conde del Garellano, que tienen coche-salón.»