«No he podido prescindir de este viaje—le dijo Gustavo, tomándole del brazo y llevándole á dar un paseo por la parte del andén donde había menos gente. Si algo ocurriese en casa, me pones inmediatamente un parte telegráfico... ¿Ves? ahí está ya esa mujer: me lo figuré desde que ví á papá preparando su viaje: ¿la ves?

—¿Quién?

—La Paca... la Paquira... esa.»

Entre la compacta muchedumbre sobre la cual parecían sobrenadar cantidad de sombrerillos empenachados de rústicas flores contrahechas, de plumajes sutiles y de velos verdosos y azules como jirones de nubes que empañaban las caras, León vió una muchacha de gracioso rostro y elegante figura, que disputaba con el vigilante por dos asientos de berlina.

«Allá está papá con dos de sus amigos que salen también... Y yo pregunto: ¿á dónde conduce esta absurda ligereza de un hombre que debía considerar su edad, sus deberes, el estado de nuestra casa, su posición social?... El afán de ser siempre joven mata á la sociedad presente... Si tú no sales, acompaña á mamá y á Luis todo lo que puedas. Mamá está muy afectada: esta desgracia ha sido para ella como un aviso del Cielo, como una advertencia para que deje de ver en la vida una sucesión perpetua de goces. ¿Será provechosa la lección? Me temo que no. Su corazón es bueno; pero su carácter está lleno de debilidad. Me indigna el ver cómo la enternece el pillete de Leopoldo para sacarle dinero. Mamá es así: todo el que pide para divertirse la encuentra propicia... Pero el tren se va... Papá no ha entrado en el departamento donde va la Paca; pero está en el inmediato con sus amigos. Al menos, que evite el escándalo... Yo me entro en este salón. Nos hemos reunido varios amigos del Marqués de San Salomó, que ha tenido la bondad de invitarme. Adiós: que me escribas, que me pongas un parte si ocurre algo. Arcachón, Hotel Brisset... Más tarde en París, poste restante


XVIII
El asceta.

Observó León que Luis Gonzaga estaba en la casa paterna fuera de su centro. Aquella figura rígida y macilenta, enfundada en negro sayal con faja del mismo color que amenguaba su mezquina cintura, la cabeza descubierta, el semblante inclinado, la vista clavada en el suelo, la tez glutinosa, el cuello flaco y vacilante, cual si no pudiera resistir el peso de la cabeza; las manos largas, amarillas, transparentes como haces filamentosos y sin más fuerza que la necesaria para cruzarse orando, discurría como una sombra maldecida por las salas revestidas del abigarrado papel ó de las chillonas tapicerías. Era una mancha obscura y triste caída sobre el mueblaje de colorines y oro, sobre los exóticos objetos de estilo japonés, cuyas aisladas figuras de pesadilla parecían armonizar con la persona del escuálido colegial.

Se le veía errante, agitado como un pájaro prisionero que busca salida, y cuando sus ojos recorrían la varia colección de muebles y objetos bonitos, era para escoger la silla más incómoda y sentarse en ella. Buscaba los rincones obscuros para nido de sus meditaciones. A veces los criados, al arreglar una pieza, encontraban aquel negro cuerpo fajado, y ante él detenían el plumero, pronunciando glacial fórmula de respeto. Entonces Luis huía de allí para buscar otra choza en aquella Tebaida de papel pintado y estampas profanas, de seda y cretona, de damasco y palo-santo. El pobre anacoreta moribundo, al correr de un rincón á otro espoleado por su febril misticismo, tropezaba con un piano, con un biombo chinesco, con un velador que sostenía redoma de peces, con un blando sofá vestido de hilo gris, ó con una desnuda Venus de bronce. Él no comprendía que se vistiese á los muebles y se desnudase á las estatuas.