«León, León,» gritó María llena de pavor.

Pero todo estaba en silencio; no se sentían pasos.

«León, León... Eso no es nada,» añadió la hermana, acercando su rostro al del colegial poeta y procurando reanimarle con palabras.

Después volvió á llamar á su marido. Pero éste no se hallaba en el jardín. No se sentían voces de criados, ni otro rumor que el de la calle, donde jugaban los niños de la vecindad, y algunos ladridos de perros vagabundos que andaban por los tejares. Ni el más leve soplo de aire movía las hojas de los árboles: todo estaba quieto, con no sé qué expresión de ansiedad pavorosa. Hasta las estrellas le parecieron á María atentas y sin fulguración, cual ojos llenos de espanto. Revolvió sus miradas en derredor, y tuvo miedo al verse tan sola con su hermano, que al parecer se moría. Volvió á llamar, y al fin sintió los pasos de su marido que tranquilamente llegaba.


XXI
Batiéndose con el ángel.

El hombre á quien hemos visto casi siempre sombrío y mudo en presencia de los acontecimientos y de las personas, desempeñando, con el fastidio del actor cansado, un papel pasivo hasta ahora; este hombre, que no nos ha revelado aún sino parte muy poco considerable de sus pensamientos, hallábase aquella noche más metido en sí que de costumbre. Luego que llevó el sillón del enfermo á la banda de Oriente, dió la vuelta en derredor de la casa. Oyó cuchicheo de criados en la verja, y risa de fregonas y doncellas que, sentadas tomando el fresco de la calle, recibían las galanterías de los cocheros del hotel vecino. Incomodábale aquel rumor, y siguió adelante por la calle tortuosa trazada en el césped. Sentado en un banco del costado Norte, con los ojos vueltos al cielo, permaneció largo rato, el codo en el respaldo, la nuca en la palma de la mano, el cuerpo extendido con pereza y abandono.

Era astrónomo. Buscaba algo que le distrajera de aquel dolor continuo que no dejaba respiro á su alma. ¿Qué mejor descanso que mirar al inmutable cielo, símbolo majestuoso de nuestro superior destino? El espíritu entristecido lánzase á la inmensidad de aquel mar sin orillas como á su patria natural, y goza recorriendo las incomprensibles distancias y mirando cara á cara los espantosos tamaños.