—Alce las manos si puede y contenga el peñasco.

—No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los huesos de cien generaciones.

—¡Pobre insecto!... Aseguro á usted que nada me inspira tanta lástima como un filósofo... Por mi parte quisiera que me expresase usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro...

—¿Con toda franqueza?

—Con toda franqueza, sin omitir palabra dura.

—Cuando viene el turbión y me azota y me derriba, ¿qué he de pensar de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo ni siquiera injuriarla? ¿Qué decir contra ella, ni cómo defenderme, si con ser tan formidable, no es más que aire?

—Querido señor—dijo Paoletti cruzándose las manos compungidamente sobre el pecho,—este humilde clérigo ultrajado le compadece á usted y le perdona.»

En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que golpeando el suelo con sus pies de plomo, dirigíase á la estancia de la enferma.