—¿Y Pepa, dónde está?
—En Madrid.
—Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María.
—Mi pobre hija fué acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El Marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme: voy á decirle cuatro verdades... ¡Ah! el sorbete.»
Habíase levantado la dama con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó volviendo á su primer asiento entre ídolos y jarrones para embaular el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su sér afligido. Polito había vuelto al billar, donde jugaba á carambolas con su amigo Perico Nules.
«¡Eh!... Philidor...—gritó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea.—Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa...
—¿De Jerez?»
Vaciló, rascándose la barba rala.
«No... que me irrita... De Chateau-Iquem. Si yo pudiera dejar la maldita brea; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh! un momento, mon cher Philidor... A éste tráigale usted también jamón en dulce ó lengua escarlata y pajarete.»
Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos á la boca, y dijo á su amigo: «¿Smoking?...