Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligóles á guardar silencio.

«Y como nosotros somos el país ó parte del país...—dijo Leopoldo.

—El país recobra lo que le pertenece,» añadió Nules arremetiendo al plato.

Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y letreros de la capilla.

«La riqueza, querido Polo—dijo escanciando el pajarete,—es un círculo, ¿te enteras bien? es un círculo... sale y vuelve al punto de partida... El Estado saca á mi padre por contribución la mitad de sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía quedan algunos cigarros en la caja. Esos se los fumarán los criados.

—No lo consiento, ¡pietoso ciel!—dijo Leopoldo.—No faltaba más... in tal periglio stremo...

—¡Oh! ¡feliz encuentro!—exclamó Nules mirando al parque por la ventana.—Ahí están las de Villa-Bojío, madre y cándidas hijas.»

Leopoldo se asomó para ver á las damas que del landó bajaban junto á la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso palpitar, así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las ramas agitadas por el temporal.

«Convidémoslas á dar un paseo en coche,—dijo Nules.

—Sí, que enganchen. ¡Attelez!... Philidor...—gritó Leopoldo.—Pero vamos á recibirlas.