—Estuvo media hora citando leyes. Habló primero del Deuteronomio; después dijo no sé qué cosa de los Germanos y de Tácito; luego citó... creo que á un señor Chindasvinto, á Don Alfonso el Sabio; y por último, creyendo que no nos había mareado bastante, citó partidas, leyes, artículos, qué sé yo. Oyéndole yo me deleitaba...

—¿Te deleitabas?

—Sí, pensando en lo bueno que sería cogerle y arrojarle en el estanque grande de casa para que fuera á enseñar leyes á las ranas y á los peces... El muy fastidioso, empleando palabras discretas y corteses, me dió á entender que toda la razón estaba de parte de su cliente, y que á éste le sería muy fácil probar mi culpa. Cuenta con testigos.

—¡Testigos! ¿de qué? Yo dudo que puedan probar nada á pesar de su saña; pero te deshonrarán, arrastrarán tu nombre y tu dignidad por el lodo, y es fácil que pierdas á tu hija cuando ésta tenga la edad que marca la ley. Si huímos... les damos prueba plena. Entonces sí que perderás á tu hija.

—¿Pero si nos vamos lejos?

—No te acobardes ni pienses en la fuga, que es tu condenación. Mientras él pleitea, pleitea tú pidiendo á la ley que le imposibilite para ejercer la patria potestad, por pródigo, malversador de fondos, falsario, por diversos crímenes que será fácil probar si tu padre te ampara.

—Comprendo tu idea y tu ilusión; pero voy á disiparla. Aún no sabes lo mejor, es decir, lo peor.

—¿Qué?

—¿Crees que mi padre ha tomado con calor mi defensa?