—Sí... Se te perdió en casa un día que fuiste á comer... ya eras novio de esa pobrecita... pero yo tenía esperanza de que no te casaras con ella... Encontré esta prenda en la alfombra y la guardé... ¿Y estas flores las conoces?
—Son las camelias que te dí un día en San José.
—Sí... á la noche siguiente fuiste á verme á mi palco, y por primera vez te sorprendí mirando con mucho interés á...
—¡Pobres flores!... No pensé volverlas á ver ni que me hablaran como me hablan ahora removiendo en mí todas las ideas y todas las pasiones de mi vida. ¿Sabes que no están tan secas como parece debieran estar después de tanto tiempo?
—Están embalsamadas con los infinitos besos que las he dado en todas las épocas de mi vida... Pero no nos entretengamos. Dame eso acá.»
Recogió y puso cada objeto en su sitio con maneras tan respetuosas cual si fuesen las más preciosas reliquias.
«Dormid aquí el sueño triste, queridos compañeros—dijo después.—Ahora que has visto el arca de la tristeza, voy á mostrarte el arca de los horrores.»
Sacó de recóndita gaveta un paquete de papeles, atado en cruz con cinta roja, como expediente de oficina. León lo tomó, comprendiendo lo que era, y ambos se sentaron para examinarlo.
«Ahí tienes—dijo Pepa, contagiada de horror á la vista de aquel legajo de ignominia,—diversos testimonios del martirio á que he vivido sujeta como esposa de un perdido: ahí tienes viles secretos que él me confiaba en momentos de apuro, cuando necesitaba de mi bolsa. Cada hoja de esas es recuerdo de una deshonra que yo oculté cuidadosa, prueba de delitos que logré frustrar, ó de los que quedaron ocultos entre la hojarasca de la Administración pública. Examina eso y verás que tengo medios bastantes para declarar á Federico incapaz, no sólo de ejercer la patria potestad, sino también de vivir en el seno de una sociedad medianamente digna.»