—O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.
—Nada sé ni nada me han dicho—replicó el Padre.—Y aunque lo supiera...
—No tema usted que yo, en caso de fuga, me vuelva personaje trágico y tengamos en Suertebella una escena ruidosa. Yo no grito, yo no mato. Soy más filósofo que él y que todos los filósofos juntos.
—Repito que no sé nada, ni me importa saberlo.
—Es imposible que un sacerdote entre dos días seguidos en una casa sin saber todo lo que ocurre en ella.
—Yo no soy amigo de esta casa; soy enemigo.
—Y ya que no satisfaga usted mi curiosidad—dijo el intruso con desconsuelo,—¿no me podría usted facilitar...?
—¿Qué?
—El ver á mi hija.