Volvió al gabinete María trayendo ella misma la luz con que se alumbraba. Su primera mirada fué para la numerada esfera, y junto á ésta dejó la bujía. ¡Las dos y cuarto! ¡Qué cargante es un reloj en el cual siempre es temprano! La dama estaba en ropas blanquísimas, arrebujada en ancho mantón que la preservaba del fresco y ayudaba la reacción producida por el agua fría. Algo amoratado su rostro, no por eso era menos bonito, y sus manecitas blancas se crispaban agarrando el mantón para abrigarse, como la paloma que esconde el cuello entre sus pardas alas.

La reacción del agua fría es tan rápida como fuerte. La penitente soltó el mantón, y fijando sus miradas en el lienzo vuelto contra la pared, alzó los brazos para bajarlo... ¡Estaba muy alto! Cuando se subió sobre una silla, el reloj, único testigo de aquella escena, admiró á la hermosísima mujer en la casta diafanidad de aquel atavío, y sus doce ojos se abrieron más. Cada hora era un lucero, y siguiendo en su tic-tac, guiñaba su aguja hacia las tres.

Descolgó la señora el cuadro, y volviéndolo del derecho, lo puso sobre una silla. Entonces apareció en la sala el busto, la enérgica cabeza, la mirada profunda y leal de León Roch. Fué como la entrada súbita de alguien en la estancia solitaria. María se quedó perpleja, y toda su sangre se le corrió al corazón, agolpándose en él y dejándole heladas y casi vacías las venas; le miraba sin respirar, sin pestañear, como cuando se presencia la aparición milagrosa de quien se ha muerto, ó la encarnación estupenda de lo que se ha soñado. Y él no la miraba ceñudo, sino con expresión serena, que ponía en sus ojos la índole de su alma recta y franca... Alargó el cuello María, acercando su cara al lienzo... retrocedió después para dar tiempo á que su mano quitase un poco de polvo; y luego que esto hizo, besó la imagen de su marido, una, dos, tres veces, en distintas partes de la cara. Oyóse entonces una carcajada indistinta, un reir sofocante y zumbón. Era el reloj que respiraba más fuerte echando de sí ese murmullo que precede al toque de las horas.

¡Las tres! El reloj principiaba á ser complaciente y juicioso, y se iba curando de aquella inaguantable manía de ser temprano. Como el hotel de Roch estaba casi en las afueras, oíase el canto de los gallos anunciando el fin de aquella noche perezosa, pesada, eterna...

«Pronto amanecerá—pensó María.—En cuanto amanezca, me voy.»

Empezó á vestirse. Los trajes, los sombreros, los zapatos y demás prendas que había traído Pilar, estaban arrojados sobre las sillas. Si no presidieran en la estancia tres cuadros distintos del patriarca San José, creyérase que aquél era el gabinete de una mujer de mundo, después de una noche de festín. Examinó la penitente los colores de las finas medias de seda, y por último, segura del buen efecto, vistió sus piernas estatuarias con las azules y las sujetó con ligas del mismo color. El calzarse no era obra tan fácil. Probó zapatos, botas... ¡Oh! felizmente el pie de Pilar parecía hermano del suyo... Pero María vacilaba en la elección de forma. ¿Bota ó zapato? He aquí un problema que por su gravedad podía equipararse á éste: ¿gloria ó infierno?

El coturno fué desechado al fin después de una acaloradísima discusión interna. Venció el zapato alto, de cuero bronceado, de tacón Luis XV y hebilla de acero: una verdadera joya. Después de mirarlos mucho, María se calzó. Sus pies eran bonitos de cualquier modo, y desnudos más. Admitido el calzado como una necesidad social que no era ley en tiempo de Venus, María vió con admiración sus pies artificiales, con los cuales Dafne no hubiera podido correr, pero que no por eso eran menos lindos.

Sentó con arrogancia la planta en el suelo, examinó todo desde la rodilla, giró un poco sobre el tacón, movió la delgada punta, semejante á un dedal. El pie tiene su expresión como la cara. María lo encontró admirable, y pensó en otra cosa. ¡Corsé, peinado! dos cosas graves que no pueden hacerse á un tiempo. A veces la primera es del dominio de la fuerza; la segunda de los augustos dominios del arte. Acudió la señora á lo más urgente, y no necesitó caballos de vapor para aprisionar su hermoso seno y talle, plegando y aplastando sobre uno y otro, como fino papel de embalaje, las blancas telas de delicado lino. El peinado era cosa más difícil. Fué al tocador, sentóse, meditó un rato con los brazos alzados, como un sacerdote que reza antes de poner sus manos sobre los objetos rituales, y al fin... haciendo y deshaciendo, con la sencillez que permitía la falta absoluta de ciertos artículos de tocador, María logró remedar medianamente lo que las hábiles manos de Juana habían hecho la noche anterior. Estaba bien, sobre todo sencillo, airoso, elegante, que era lo principal. Nada de cargazón ni catafalcos...

Lo demás verificóse como en el ensayo de la noche precedente. El vestido princesa de gro negro con combinaciones de terciopelo y faya pajiza clara; el sombrero, que parecía haber salido de manos de las hadas... todo era bonito, todo lindísimo, seductor. María se contempló con asombro; se creía otra. No: no era posible que ella fuese tan guapa; allí había sortilegio; ¿cómo sortilegio? No: una católica no podía pensar esto. Lo que allí había era favor de Dios, determinación de la Providencia para ponerla en condiciones de realizar una buena obra. De Dios tenía que provenir no sólo aquella superior hermosura, sino aquel hechicero atavío. Esta superstición se pegó á su mente como un molusco á la roca, y allí se quedó adherida por succión.

«Dios permite, Dios consiente, Dios manda...» pensó, formulando con vigor aquella idea.