Pomares se quedó tan estupefacto como si lo mandaran tocar á misa á las seis de la tarde.

«Pero la señora ha olvidado que ya no tiene coche.

—¡Ah! ¡es verdad! No me acordaba. Bien: tráigame usted un coche de alquiler, un landó.

—¿A esta hora?

—¿Pues no es ya de día?

—Todavía no ha amanecido.

—¿Y qué importa?... Veo que es usted muy dificultoso... No sirve usted para nada.»

Pomares se quedó como quien ve visiones. Aquel lenguaje áspero, colérico... Sin duda la señora estaba loca.

«¡No se mueve usted, hombre de Dios!—añadió María.—¿Por qué me mira usted así? Pronto, un coche, cueste lo que cueste.