«Ante todo—dijo en tono de quien acostumbra simplificar las cosas,—revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es singularísimo que venga usted á confesarse conmigo, ¿no es verdad?»

Sonreía con expresión de triunfo humorístico que hacía más daño á León Roch que una burla declarada.

«A confesar con usted... es cierto.

—¡Oh! no, señor mío—dijo Paoletti con cierta dulzura relamida que á la legua revelaba la casta italiana.—No confesará usted, ¡ojalá lo hiciera! no me revelará usted su conciencia ni renegará de sus errores... no hará otra cosa que contarme lo que ya sé, lo que sabe todo el mundo... Y todo para que le ayude...»

Paoletti repitió las versiones de la tertulia de San Salomó.

«En eso hay algo de verdad y mucho de calumnia—dijo León.—Es falso que Monina sea mi hija; es falso que yo tenga relaciones criminales con Pepa Fúcar; pero es cierto que la amo; es cierto que en mi corazón se ha extinguido todo el cariño hacia mi pobre mujer, y en él no queda sino una estimación fría, un respeto ceremonioso á las virtudes que reconozco en ella.

—¡Estimación, respeto!—dijo Paoletti,—¡reconocimiento de virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de María Egipciaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos contar con que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban...»

Paoletti volvió á acariciar con su mano de frío marfil el puño de León, y le dijo:

«¿No podríamos intentar una reconciliación?