Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle:
«¿Se servirán pronto los almuerzos?
—Dentro de un momento.»
Y siguió haciendo carambolas. El Marqués de Fúcar se retiró por un momento del salón japónico. Un maître d’hôtel, rubio y grave, reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido á un lord inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su agitación de correveidile, se acercó á la Marquesa para pedirle órdenes.
«¡Oh! no—dijo ésta.—Tomaré muy poca cosa... ¿Hay gateau d’ecrevisses?... ¿No? bueno: no importa. Las pechugas ahumadas no me gustan. Mi beefsteack que esté poco hecho.
—No olvide usted—dijo el Marqués á aquel hombre benéfico, cuyo frac negro parecía el emblema de la caridad cristiana creadora de los hospicios,—no olvide usted que yo no bebo sino Haut Sauterne.»
Fúcar reapareció melancólico, pero apresurado, indicando con esto que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La Marquesa, D. Agustín, Polito, el Sr. de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la mesa, hicieron honor, como se dice en la jerga gastronómica, á la cocina del de Fúcar. O por delicadeza de estómago, ó porque la aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros apenas probó de algunos platos.
«No se deje usted dominar por la pena—le decía D. Pedro.—Es preciso hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; ¿pero de qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como.»
Buena prueba de los esfuerzos de D. Pedro era un beefsteack que entre manos y boca tenía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba á su estómago, dejando en el plato la sangre bovina revuelta con manteca y limón. La Marquesa no hacía más que picar y catar, tan pronto apeteciendo como desdeñando, y el Marqués se encariñaba con las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas risueño con una mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor. Las trufas, las saucises trufadas, la rica lengua escarlata de Holanda y otras cosillas se ofrecían á su paladar con provocativos encantos.