Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las cortinas del lecho, donde había una mesa.

«¡Hija de mi corazón!—exclamó Pepa.—¿Por qué te mueres?... ¿por qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh! Dios mío, Virgen de los Dolores, ¿por qué me quitáis á mi niña, lo único que tengo?... ¡Monina, Mona!...»

Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el médico; no vió que tras de las cortinas brillaba un acero, una herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo.

«¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame!»

Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del dolor que da á la madre las convulsiones de la euménide.

«¡Monina, paloma, niña mía!—prosiguió.—Yo me muero contigo; yo no quiero que te separes de mí.»

Y al besarla parecía que quería devorarla.

«Pepa—le dijo León,—vamos á intentar lo último... no te asustes...

—¡Mi hija está muerta, muerta!»