Sus dos amigos callaban mirándole partir. El Marqués de Fúcar andaba lentamente á causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha majestuosa de un navío ó galeón antiguo, cargado del pingüe esquilmo de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la sociedad contemplaba pasmada y temerosa.


IV
Siguen los panegíricos dando á conocer en cierto modo el carácter nacional.

Frente á la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos de corregir el oidium de su naturaleza, había una glorieta. Eran las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo Don Joaquín Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una silla, caballero en ella y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus balanceos.

«¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?

—Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.»

Después de decir esto, León miró atentamente al suelo.

«Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el Marqués—añadió Onésimo.—Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días en Arcachón. Las hijas del Conde de la Reole le regalaron tres piezas de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de sus porcelanas. Las guardaba y las sacaba sesenta y dos veces al día. Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió á la habitación más alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se hicieron treinta mil pedazos.»

Federico miró á León Roch, que sólo dijo: «Sí, ya lo oí contar.