Entraron en tropel, Monina saltando, Tachana pavoneándose con un pañuelo que se había puesto por cola, y el atildado Guru echándoselas de padre maestro con las otras dos y recomendándoles la compostura y formalidad.
«¡Ya está aquí el lucero!» exclamó Facunda tomando á Monina en sus brazos y besándola con estruendo.
Ramona movía colérica sus piernecillas en el aire y bramaba con esa ira infantil de que nadie hace caso, diciendo:
«No, no, vieja fea.
—¡Lucero de tu madre!... Y tú, Catana, no des vueltas, que te mareas... Lorenzo, no tires del brazo á Monina... ¡Bribón! ¿qué haces á la niña? déjala... pobrecita.»
Monina y Tachana dieron vueltas por la habitación corriendo una tras otra. Ya venían algo fatigadas de tanto correr por el jardín, y tenían el rostro encendido, los ojos chispeantes. Los graciosos hoyuelos que hacía Mona junto á su boquita cuando se reía, darían envidia á los ángeles; á Tachana se le caían sobre la frente las guedejas negras, obligándola á levantar las manos constantemente para apartarlas. Pestañeaba sin cesar, como si la ofendiera la luz del sol. Monina, por el contrario, abría sus ojos con atención investigadora, insaciable, señal de la curiosidad y ambición pueril que quiere enterarse de todas las cosas para apropiárselas después.
Ordenó Facunda que fueran juiciosas, y les habría mandado algo más si no hubiera sentido la voz del aya, que en lo bajo de la escalera charlaba con Casiana, mujer de uno de los guardas de Suertebella. Dentro de los límites de lo posible (si bien en una posibilidad casi infinitamente remota) está que nuestro planeta, desobedeciendo á la atracción del sol que lo gobierna, se salga de su órbita y perezca inflamado si con otro cuerpo choca; pero lo que no es de ningún modo posible, ni aun en teoría, es que Facunda, oyendo que el aya y Casiana hablaban, dejase de correr á enterarse de lo que decían. Así lo hizo, dirigiéndose con paso quedo y cauteloso á la meseta de la escalera.
En tanto, Monina y Tachana se habían detenido delante de la mesa donde estaban las láminas geológicas, los dibujos concluídos y por empezar. Sonrisa de triunfo, propia de todo mortal que descubre un mundo, se pintó en el semblante de una y otra. ¡Qué cosa tan bonita! ¡Qué colores tan vivos! ¡Qué rayas! Ellas no sabían lo que aquello era, y sin duda por lo mismo lo admiraban tanto. Se parecía verdaderamente á las obras de ellas, cuando la piedad materna les ponía un lápiz en las manos y un papel delante. Ciertamente, Guru, con su caja de colores, había hecho obras por el estilo. Allí no había nenes pintados, ni caballos, ni casas, y, sin embargo, parecíales algo como nacimiento, una obra magna, brillante, esplendorosa, sin igual.
Acontece que cuando se presenta á los niños un objeto cualquiera que les sorprende por su belleza, jamás lo dan por concluído, y quieren ellos poner algo de su propia cosecha que complete y avalore la obra. Sin duda tienen en más alto grado que los hombres el ideal de la perfección artística, y no hay para ellos obra de arte que no necesite una pincelada más. Así lo comprendió Monina, que viendo no lejos de la lámina un tintero, metió bonitamente el dedo en él y trazó una gruesa raya de tinta sobre el dibujo. Radiante de gozo y satisfacción, se echó á reir mirando á Tachana y á Guru. Estos dos se echaron á reir también, y animada por el éxito, Monina metió en el tintero, no ya el dedo, sino toda la mano y la extendió sobre la lámina de un ángulo á otro. El efecto era grandioso y altamente estético. Parecía que sobre las tierras pintadas allí con delicadas tintas, se cernían enormes nubarrones preñados de rayos y lluvias.
Tachana era demasiado pulcra para meter su dedito en un tintero. Además, se creía maestra en el manejo del lápiz. ¡Feliz ocasión! sobre la mesa había lápices azules, y á dos pasos, en el atril, un magnífico atlas geológico, admirable obra cromolitográfica, honor de las prensas berlinesas. Sin embargo, en aquellas hermosas hojas estampadas de vivos colores faltaba algo. ¿Quién podía dudarlo? Era evidente que las tales láminas serían más bonitas si una mano solícita las adornaba con rayas de lápiz trazadas alrededor de todos los contornos. Así lo comprendió Tachana, que era el Rafael de las rayas, pues sabía trazarlas en todas direcciones con admirable pulso.