«Miren la tonta—dijo Guru.—¿Pues no quiere también el anteojo?»
Queriendo dar pruebas de suficiencia, Guru acercó el aparato al borde de la mesa y aplicó su ojo derecho para mirar por él.
«Por este vidrio se ve París.»
Tachana había traído una silla para subir á la mesa; pero antes se subió Monina, y andando á gatas sobre ella arrojó al suelo el microscopio y otros aparatos... En este momento vieron que entraba un hombre. Los tres vándalos se convirtieron en estatuas: Monina sobre la mesa, erguida la frente, la cara muy seria, los ojos muy atentos; Tachana en la silla, con el dedo en la boca y los ojos bajos; Guru mirando dónde había un rincón para esconderse.
«¿Qué han hecho estos pícaros?... ¡San Blas mío, qué destrozo!» gritó Facunda entrando con León.
Éste dirigió una mirada de dolor á los dibujos rotos, al atlas lleno de rayas, al microscopio en el suelo. Bastóle una ojeada para conocer las formidables proporciones del desastre.
«Bribonas, ¿qué habéis hecho?—exclamó dirigiéndose á la mesa.—¿Pero usted, Facunda, en qué piensa, que deja solos á estos niños?... ¿Qué hacía usted? Sin duda oyendo la conversación. Es usted más niña que estas dos...»
Hirió el suelo con el pie. Después oyó gemir á Tachana. Era un gemir que partía el corazón.
«¿Has sido tú, Monina?» dijo León mirándola con semblante adusto.
Monina contestó que no con fuertes cabezadas. Negando con la cabeza, parecía querer arrancársela de los hombros. Al mismo tiempo su conciencia debió argüirle terriblemente, y se miró las manos, como se las miraba lady Macbeth.