Facunda se retiraba gruñendo:
«Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente.
—Señora Facunda—dijo León.—Al aya que puede retirarse. Monina y Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré á Suertebella.»
IX
La crisis.
Una hora después, Monina y Tachana jugaban en la alfombra con cucuruchos y gallitos de papel que León les había hecho, y éste ponía orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vió delante de sí á su suegro, el señor Marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara, más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación nerviosa, ó tal vez la ausencia de algún menjurje con que acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban sus mustios ojos, revelando lágrimas ó insomnio. Su vestir únicamente no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro; pero su voz, antes tan resuelta como la de todo aquel que cree decir cosas de substancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima. Le señaló un sillón.
«Tengo calentura—dijo el Marqués alargando la mano para que León le tomara el pulso.—Hace tres noches que no duermo nada, y anoche... creí morir de susto y vergüenza.»
León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y el no dormir.
«Te lo contaré todo. Para tí no puede haber secretos—dijo Tellería dando un gran suspiro.—A pesar de lo que ha pasado con María, y que deploro con toda mi alma... ¡Oh! todavía espero reconciliaros... pues á pesar de eso siempre serás para mí un hijo querido.»