Pepa se inclinó suavemente como si fuera á caer desfallecida, y sosteniéndose la frente con la mano, murmuró:
«Mi conciencia es amar.»
Este arranque de sensibilidad tenía elocuencia concisa en los labios de la que conservaba en su alma tesoros inmensos de ternura, y habiendo estado mucho tiempo sin saber qué hacer de ellos, aún se veía condenada á la reserva, y á desarrollar sus afectos en la vida calenturienta y tenebrosa de la imaginación.
XI
Esperar.
«Represéntate—le dijo León,—todo lo que hay de odioso y de disolvente en una familia ilegítima, mejor dicho, inmoral... hijos sin nombre... la imagen siempre presente de la que...
—No la nombres... te repito que no la nombres—dijo Pepa, procurando que su enojo no pareciera muy violento.—Su fanatismo loco la excluye, la excluye.
—¿Y si también yo soy fanático?
—No importa.