—Gracias, querida mía. Es verdad que tengo frío.
—Pero qué, ¿nos separamos ya?
—Sí. Ahora ó nunca.»
La dama tuvo ya en sus labios las palabras Pues nunca; pero no se atrevió á pronunciarlas.
«¿Me escribirás con frecuencia, chiquillo?
—Todas las semanas.
—¿Cartas largas?
—Largas y difusas como el pensamiento del que espera.
—¿A dónde te escribo?