—Hasta luego—dijo León con voz imperceptible, dándole dos besos.—Este para Monina; éste para su mamá.»
La puerta del museo abierta mostraba una escalera obscura. León empujó suavemente á Pepa hacia adentro y se alejó despacio. Ella volvió al umbral; él la saludó de lejos con la mano...
Poco después entraba en su casa, y medio muerto de dolor se revolcaba en el sillón de estudio como un enfermo, como un demente, no sabiendo si buscar en el llanto ó en la desesperación honda el lenitivo de su corazón destrozado. No obstante, aún no había llegado el momento de que aquel vaso de reserva, que en su ancha capacidad contenía pasiones ó ideas mil del género más turbulento, estallase atropellando todo lo que hallara delante de sí.
XII
Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando, y de otras cosillas.
La crisis por que pasaba la casa de Tellería continuaba sin resolución. Era tan grande el desastre, que parecía locura pensar en ponerle remedio y sólo quedaba el recurso de disimularlo hasta donde fuera posible. Antes de llegar á una bochornosa declaración de pobreza, los histriones incorregibles apuraban todos los artificios para prolongar su reinado exterior; y si en sus soliloquios domésticos decían: «vivimos sin criados; no hay tienda que quiera abastecernos; carecemos hasta de ese pan de la vanidad que se llama coche,» públicamente era preciso hacer creer que todos estaban enfermos... El Marqués, ¡ah! sufría horriblemente de su reúma. La Marquesa, ¡oh! ¡pobrecita! se hallaba en un estado espasmódico muy alarmante... La familia toda gemía bajo el peso de una gran tribulación. No se recibía ni á los íntimos, no se daba de comer ni á los hambrientos, no se paseaba, no se iba ya ni á los estrenos ruidosos. La iglesia era lugar propicio para mostrarse con entristecido continente. ¿Qué cosa más edificante que ir á escuchar la palabra de Dios y derramar una lágrima delante de la que es consuelo de los afligidos? ¡Pobre Milagros! Los que la veían entrar y salir dando con su compunción ejemplo á los más tibios, tributaban á su pena el debido homenaje diciendo: «¡Infeliz señora, cuánto ha padecido con sus hijos!»
La tertulia de la San Salomó, refugio de la desgraciada familia, era una reunión recogida, de poco bullicio, á donde iban algunos poetas, guapísimas damas, media docena de beatos y otros que lo parecían sin serlo. Allí se hablaba mucho de Roma, se leía L’Univers y se recitaban versos muy cargados de perfume religioso, y entre los vapores sofocantes de tal incienso se excomulgaba á todo el género humano. Se anunciaba con anticipación cada discurso político de Gustavo Sudre para que se preparase á aplaudir la alabarda (no hay mejor vocablo) de uno y otro sexo; se fabricaban reputaciones de mancebos recién salidos de las aulas, y que ya eran, cuál un San Agustín, cuál un San Ambrosio, bien un Tertuliano ó un Orígenes, por lo que toca al talento, se entiende; en una palabra, la tertulia de San Salomó tenía ese marcadísimo carácter de club, que es un fenómeno muy atendible de la sociabilidad contemporánea. Las pasiones políticas han subido la escalera y rugen entre el plácido aliento de las damas. Ya se conspira más en los salones que en los cuarteles, y hasta los demagogos encuentran de mal gusto las logias. La tertulia de que hablamos era, pues, un club de cierta clase, así como hay tertulias que son el Grande Oriente del doctrinarismo, y otras que lo son de la democracia.
La Marquesa era joven, bonita, alta y bien distribuída de miembros, aunque un poco ajada; graciosa, amante de los versos, sobre todo cuando tenían mucha melaza mística y palabreo largo de cándidas tórtolas, palmeras de Sión, etc.; furiosa enemiga de toda la cursilería materialista y liberalesca, y delirante por los discursos contra esa basura de la civilización moderna. Elegante y muy discreta, sabía hacer brevísimas las horas á sus fervorosos tertulios; tenía el don de salpimentar con gracia mundana y joviales conceptos el constante anatema que allí se fulminaba, y mantenía en su casa y en su mesa un delicioso confortamiento que agradaba á los patriarcas, á los poetas, á los San Agustines y á los San Ambrosios. El Marqués de San Salomó, hombre también que se hubiera dejado asar en parrillas antes que ceder ni un ápice de sus doctrinas, ¡vaya si tenía doctrinas! era el menos asiduo en las tertulias. Iba mucho al teatro, al casino ó á otros pasatiempos obscurísimos. De día recibía en su despacho á toreros, caballistas, cazadores de reclamo, derribadores de vacas, y este sport burdo y de mal gusto, junto con las barrabasadas de sus compañeros de aventuras, constituía las tres cuartas partes de su conversación y de sus ideas. Era rico, y tenía asignada á su mujercita, á más de la partida de alfileres, otra no floja para los triduos y novenas. Había en la administración de la casa una cuenta corriente con el Cielo. De la que el Marqués tenía abierta con las bailarinas, no es ocasión de hablar.
Aquella noche (y todos los datos comprueban que fué la noche del día, recuérdese bien, en que el Marqués de Tellería visitó á León Roch), Milagros hablaba animadamente con un señor viejo y engomado, caballero de no sabemos qué Orden, varón inocentísimo, no obstante su jerarquía militar, pues era uno de esos generales que parecen existir para probarnos que el ejército es una institución esencialmente inofensiva.