—Mi marido es... así... de cierto modo... No cree en nada... se condenará de seguro... es ateo, rebelde... pero se porta bien, se porta bien.»

Bruscamente Pilar rompió á reir. Su risa sonora, importuna, que duraba más de lo regular, llevó al alma de María grandísima turbación.

«Si llamas portarse bien estar separado de su mujer, que es una santa, y tener relaciones con otra...» declaró la amiga con una entonación despiadada, agria, que tenía algo del cuchillo que corta ó de la lima que raspa.

María se quedó como una difunta, pálida, los ojos fijos, la boca entreabierta.

«¡Con otra!»

Esto no era nuevo en ella como idea: éralo como hecho. Habían precedido á la noticia presunciones vagas, temores; pero con todo, la triste verdad abruma aun cuando haya sido precedida por el sueño asustadizo.

«¿Has dicho que con otra?

—Con otra, sí. Lo sabe todo Madrid, menos tú.

—Has dicho... con otra...—repitió María, que estaba con el conocimiento á medio perder, alelada, padeciendo una especie de parálisis, cual si cada una de aquellas dos terribles palabras fuera enorme piedra que había caído sobre su cráneo.