—Sí, sí: bonita vas á ir—dijo la Marquesa sonriendo,—con tu vestidillo de merino, el único que tienes... En caso de ir, y eso lo discutiremos ahora, debes ponerte muy guapa, pero muy guapa.
—¡Oh!—exclamó la penitente con expresión de inmenso dolor.—No tengo ropa: he dado todos mis vestidos de lujo.
—¿Y quieres ir con el trajecillo de merino?... ¡Pobre tonta! ¡Qué poco conoces el corazón de los hombres!... Eso es: preséntate á tu marido hecha un mamarracho, y verás el caso que te hace... La apariencia, la forma casi, ó sin casi, gobiernan el mundo.
—Antes discutamos si debe ir,—insinuó la de San Salomó.
—Sí: quiero ir allá... quiero,—gritó María cruzando las manos y poniendo ojos de espanto.
—Nada de tragedias, nada de escenas, ¿eh?...
—Me parece peligroso que vayas. ¿Y si te expones á un desaire mayor, si te encuentras de manos á boca con Pepa ó con su niña... suponiendo que la nena esté, como dicen que está siempre, en los brazos de su papá?...
—¿De su papá?—dijo María.—¿Pues no ha muerto Federico?
—No, tonta—manifestó la de San Salomó, poniendo la cara que es de rigor cuando se coge una aguja larga y muy fina y se atraviesa de parte á parte el pecho de un pobre bicho destinado á las colecciones de Historia Natural.—No, tonta: el papá es tu marido.