—Aunque la estación no es avanzada, hace calor.

—¿Qué sombrero llevas?»

María miró los tres que había traído Pilar. Después de un detenido examen, señaló uno diciendo:

«Este de color negro y... ¿cómo se llama este otro color?... ¿crema? El colibrí también es bonito y las rosas pálidas.

—¡Ah!—exclamó Pilar con asombro,—parece que no has abandonado el mundo un solo día, y que no has dejado de vestirte... ¡Qué bien eliges!... Bueno, pues hagamos una prueba. Es preciso ver si te está bien el vestido, para si no alargar ó encoger un poco. He traído á mi doncella, y entre todas...»

María no había dado aún su consentimiento, cuando su criada, su madre, Pilar y la doncella de ésta empezaron á desnudarla de aquella horrible bata parda que parecía la sotana de un seminarista pobre. En aquel momento sintió la dama mística una ligera reacción del espíritu religioso, y dijo afligidamente:

«Dios mío, ¿qué voy á hacer?

—Tonta, mil veces tonta—manifestó la Marquesa,—déjate de escrúpulos... ¿Ni aun en este conflicto reconoces el error de tu exagerada devoción?»

María se dejó llevar ante el espejo de su tocador en la pieza inmediata; dejóse caer en la silla. El espejo estaba cubierto con un gran paño negro, y parecía un catafalco. Quitaron el paño, y nació, digámoslo así, sobre el limpio cristal inundado de claridad, la imagen hechicera de María Sudre. Fué como un lindo ejemplo de la creación del mundo.