—¡Ay! sí las tuve—dijo María fatigada de su propia cólera;—pero me alegro de no haber llevado nunca en ellas hijos tuyos. Dios me bendijo haciéndome estéril, como ha bendecido á otras haciéndolas madres. Dios no puede consentir que los ateos tengan hijos.

—Tus blasfemias me horrorizan—añadió León no pudiendo resistir más.—¿Puede darse sacramento más quebrantado, lazo más roto? Entre tú y yo, María, hay una sima sin fondo y sin horizontes, un vacío inmenso y aterrador, en el cual, por mucho que mires, no verás una sola idea, un solo sentimiento que nos una. Separémonos para siempre; no pongamos frente á frente estos dos mundos distintos, que no pueden acercarse y chocar sin que broten rayos y tempestades. Si hay algo irreconciliable, somos tú y yo. Sí: también yo soy fanático; tú me has enseñado á serlo con ardor y hasta con saña. Vámonos cada cual á nuestra playa, y dejemos que corra eternamente en medio este mar de olvido. Para calma de tu conciencia y de la mía, hagámoslo mar de perdón. Perdonémonos mutuamente, y adiós.»

María, oyendo estas palabras, observaba que sus sentimientos de ira y despecho eran sustituídos por otros nuevos, tranquilos, y por cierta idealidad contemplativa que se iba metiendo en su espíritu perturbado. Miraba á su esposo y le hallaba ¿á qué negarlo? más digno que nunca de ser compañero amante de una mujer como ella. Veía su rostro expresivo, su barba negra, que le daba melancolía, y un no sé qué de personaje heróico y legendario; sus ojos de fuego, su frente donde se reposaba un reflejo de la luz solar, como señalando el lugar que encerraba una gran inteligencia. Esta muda observación de la belleza varonil actuó directamente sobre su corazón, haciéndole latir con fuerza. Acordóse de sus primeros y únicos amores, de las felicidades y legítimos goces de su luna de miel; sobre estos recuerdos volvió insistente como una manía la idea de que aquel hombre era muy interesante, muy simpático, muy... ¿por qué no decirlo? muy bueno, y de nuevo le miró, no se cansaba de mirarle... ¡De otra! ¡para otra! Esta era la idea que echaba fuego en el montón de leña; ésta la satánica idea que volcaba su corazón, derramando toda la piedad de él como los tesoros contenidos en un vaso. Por esta idea la frialdad se trocaba en fuego, el desdén en ansias cariñosas... Ardientemente enamorada, de celos más que de amor, María sintió una aflicción horrible cuando se vió despedida con bonitas palabras, pero despedida al fin. Ella podía aceptar la despedida, sí, y marcharse para siempre; podría quizás olvidar, consentir que su marido no la amase... ¡pero eso de amar á otra... ser de otra!...

«¡No, mil veces no!» exclamó la dama terminando en alto su meditación.

Diciéndolo se humedecieron sus ojos. Quiso luchar con su llanto, y secándose prontamente los ojos, habló así á su marido:

«Una noche me preguntaste...

—Sí: te pregunté...

—Y yo te respondí que Dios me mandaba que no te amase... Es verdad que me lo mandaba Dios. Yo lo sentía aquí, en mi corazón... Pero, ya ves, no debe tomarse al pie de la letra todo lo que se dice. Tú debiste preguntar otra vez.

—¡Te había hecho la pregunta tantas veces!... ¡y de tan distintos modos!...

—Bien: ahora te pregunto yo á tí.»