—Aún no puedo decir nada. Es muy posible que así suceda. Déjeme usted que determine bien la especie de fiebre con que tenemos que luchar.»
Aquella noche, cuando María volvió á su natural sér, después de pasearse con la fantasía por los infiernos, llenos de horribles máquinas y diablos fabricantes, entró Moreno á verla, como se ha referido.
«¡Hola, hola!—dijo riendo, al observar que marido y mujer se miraban muy de cerca.—¿Estamos como tórtolos? ¿Qué tal, mi querida amiga?... El pulso no va mal... Debemos procurar un reposo completo del cuerpo y del alma.»
María frunció el ceño mirando á su marido.
«No, no ponga usted mala cara á este hombre, que está enamorado de su mujer como un novio de primavera. Me consta... Dentro de unos días saldrán ustedes por ahí á coger lilas y á mirar las mariposas... Una mujer discreta no debe hacer caso de hablillas malignas. Cabeza llena de dicharachos de la envidia ¿qué hará sino desvariar? Ahora, querida amiga, vamos á entrar en un período razonable, vamos á celebrar unas paces duraderas, vamos á querernos mucho... lo digo por ustedes... en fin... veamos esa lengua...»
Después preparó por sí mismo algunas medicinas. León y Rafaela le ayudaban.
Mientras esto ocurría junto á la enferma, el Marqués de Fúcar, dando de la mano por un momento al grandioso asunto del empréstito, ya casi ultimado, se llegaba á su querida hija y muy seriamente le decía:
«Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Pero no hay que desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún. A nosotros nos corresponde auxiliar á la ciencia en la medida de nuestro escaso poder é implorar el auxilio de la Providencia.»