—Supongo—indicó el curita refinadamente,—que la hija del señor Marqués de Fúcar se habrá trasladado á Madrid con su preciosa niña.

—Lo hará hoy.

—¿Y usted...?

—No pienso separarme de María mientras continúe enferma.

—Me parece muy bien, caballero—dijo el italiano agraciando á León con un golpecito en la mano.—Sin embargo, la situación de usted frente á esa bendita mártir, es muy singular y poco agradable para entrambos.

—Esa situación es tal—dijo León,—que he creído necesario venir yo mismo, con objeto de hacer á usted algunas revelaciones que sólo á mí corresponden, y rogarle que me ayude...

—¿Yo?

—Sí... que usted me ayude á conllevar la situación, y aun á salir de ella lo mejor posible.»

Paoletti frunció el ceño. Se había levantado para partir; mas volvió á sentarse, tornando á voltear los pulgares uno sobre otro.

«Ante todo—dijo en tono de quien acostumbra simplificar las cosas,—revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es singularísimo que venga usted á confesarse conmigo, ¿no es verdad?»