—Gracias,—murmuró León, tomando en brazos á la nena.
—Despídete de ese...» dijo Pepa contemplando con amor á su hija y al que la besaba.
Estrechó León en sus brazos á la chiquilla y le dió mil besos, considerando que las manifestaciones de su cariño no eran escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito. Con ella en brazos dió dos ó tres paseos por la estancia, ocultando así con estas idas y venidas la emoción que sentía y que traspasaba los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar á la buena mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un estro maravilloso para sorprender los pensamientos del sér amado, asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar extraño.
En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel sér pequeño y lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno sin duda, pero que se había acostumbrado á mirar como suyo y muy suyo. Con este cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre, como dos luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón del solitario ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor reservado á la propia! El no tenía culpa de que en su cansado viaje por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una, enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida y obligándole á marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre pedregales y espinas. En Pepa Fúcar había hallado amor, docilidad, confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que á todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado le seducían más, porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva alguna, la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismas imperfecciones ni escatimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no podía rechazar los que iban á él con superabundancia y cierto alarde bullicioso. Infundíale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía enteramente, por ley que es divina á fuerza de ser humana; y al sentirse tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo. Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como palidecen los astros lejanos cuando sale el sol.
Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña en brazos de su madre y le dijo:
«Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar á tu padre la causa de tu traslación á Madrid, yo me atreveré á decírsela.
—Se la diré yo.»
Con precipitación y desasosiego salieron uno y otro por puertas distintas.