—No me reconciliaré.
—Entonces...»
Lanzó el prócer á su hijo político una mirada que, dado el carácter promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía calificarse en el orden de las miradas terribles.
«Entonces, yo sé lo que debo hacer.»
Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus paredes de laca andaban, cual mariposas paseantes, hombrecillos dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones, árboles que parecían manos y cabezas semejantes á obleas. Las figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los árboles tenían raíces; las casas volaban lo mismo que los pájaros. Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los objetos sobre un fondo obscuro y brillante como un cielo de tinta. Los expresivos rostros japoneses parecían hacer el comentario más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la Marquesa de Tellería. Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan aburridos, se hubiera creído que estaban comentando en teología místico-asiática la tristeza indefinible de D. Agustín Luciano de Sudre.
Como se pasa de una página á otra en libro de estampas, así se pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba el billar y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en la boca, á guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un lacayo se le acercó.
«¿Ha llamado el señorito?
—Sí—repuso el joven sin mirarle.—Tráeme cerveza.»
Ya se marchaba el lacayo, y Polito le volvió á llamar para decirle: