—Está en Madrid,» replicó Fúcar sin alzar los ojos del plato, donde el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y empequeñecido.
Siguió á estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el mismo D. Pedro, diciendo á la Marquesa: «¡Oh! amiga mía... hay que sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada... María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver... esta media copa de Sauterne.»
Milagros no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así:
«Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver á mi hija.»
Deseando Fúcar hablar de asunto menos aflictivo, sacó á relucir las voces que corrían acerca de la próxima boda de Polito con una riquísima heredera cubana, cuya familia, recién venida á Madrid, metía bastante ruido con la ostentación de colosal fortuna. Desmintió la Marquesa el rumor, y Leopoldo lo confirmó indirectamente con frases en que la modestia enmascaraba á la vanidad. Los rumores eran ciertos, como lo eran el noviazgo y las pretensiones del joven, y su seguimiento cuotidiano de la chica, á caballo y á pie; mas á pesar de esta cacería ecuestre y pedestre, lo de la boda era un puro mito, sin otra realidad que la que tenía en el deseo ardentísimo de Milagros de ver á su hijo poseedor de un caudal limpio y gordo. La familia de Casa-Bojío, á pesar de tener amistad con la de Sudre, oponíase á las aspiraciones de Leopoldo; pero Milagros trabajaba en silencio con diplomacia y finura para que aquel sueño de oro fuera un hermoso despertar de plata.
Agotado el tema, retiróse Milagros del comedor. Un lacayo presentaba al Marqués y á Polito los mejores cigarros del mundo. Era aquel artículo, digámoslo en términos de comercio, el más superfino de cuantos abastecían la casa del millonario. Sus corresponsales de la Habana le mandaban para su uso lo mejor de lo mejor, en recompensa de la gracia y arte mágico con que se las componía con el Gobierno para hacer fumar al país lo peor de lo peor.
Estallaron fósforos y chuparon labios.
«Polito—dijo el Marqués,—si quieres dar un paseo, dile á Salvador que ensille á Selika.»
El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al punto al picadero. D. Pedro dió un suspiro, hizo una seña al Marqués de Tellería y al Marqués de Onésimo, dos nobles subalternos, el uno de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del noble del dinero, parecían tributarle culto idolátrico, acatándole con sus miradas é incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse entrambos, D. Pedro bajó la voz, y con entristecida cara les comunicó un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de su afligido corazón al corazón de dos amigos, el digno prócer se sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un chascarrillo y reir con aquella carcajada congestiva que oímos por primera vez en la casa de baños.