—Era, sí, un delicado lirio—dijo León pálido y con nervioso temblor en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,—un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos goces de la vida...

—Pero juntóse al cardo...

—No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»

Los ojos del Padre se multiplicaron.

«Es un tesoro de las más altas prendas.

—Era un tesoro de las más altas prendas—afirmó León haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,—mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual.

—Vino la mano depuradora y apartó la escoria...

—Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más que la pedrería falsa.

—¿Por qué se descuidó el joyero?

—Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...