—Lo divino pone á la pobre mártir bajo el amparo de los bebedores de agua espiritual.

—¡Qué sería de ella si así no fuese!... ¡Pobre alma destinada á pudrirse al contacto de un alma corrompida!

—No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión, con el cariño casi siempre, á veces con la autoridad, hasta con la tiranía...

—¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo!

—Este no llegó á donde podría haber llegado en manos comunes. Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran á cada instante violadas... Imposible persistir en ellas sin llegar á un extremo horrible.

—Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo,—dijo prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti.

—Sí: para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi vida... Yo enseñaba á mi tesoro á creer en mí, y fuera le enseñaban á aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse á que tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que, llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores á los santos y á los tísicos que se creían santos. Yo traté de luchar en las tinieblas; pero en las tinieblas me despedazaban. Un acto hipócrita como el que á muchos débiles ha salvado, me habría salvado tal vez á mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz. ¡Cosa fácil, según ella! «Humilla tu incredulidad loca; ven á nuestro campo,» me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera á los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y del abuso religioso. Pero ¿qué me importa? Prefiero ser infame á sus ojos á serlo á los míos.

—El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas cosas.

—Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado á quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente gemir cuando es aplastado?

—Alce las manos si puede y contenga el peñasco.