—Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa.»
Bastoneando con los tacos, fueron derechos á una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía.
«¡Buenos cigarros, buenos!
—Mira, chico, aquí viene bien aquello de «lo que es de España...» Hagamos provisiones.
—Hombre, es demasiado,—dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación.
—No seamos panolis... Digamos como Raoul: chascun per se...»
Cantando á Meyerbeer, cada nota disminuía de un modo deplorable la riqueza tabaquina del Marqués de Fúcar.
«Verdaderamente, ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que fumamos?—dijo Nules, encendiendo una cerilla.—¿Qué recinto es éste, espléndido y rico? Este salón lujoso ¿qué es? Los ricos alicatados árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las piñas de la estufa; los cuadros, las flores, los tapices, los vasos, ¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de nuestra amada patria... ¿tú te enteras? y como las cosas sacadas de su centro natural por malos caminos tienen que volver á su natural centro, temprano ó tarde, bien así como los seres orgánicos se asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la vida, resulta que...»
Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligóles á guardar silencio.