—No hay nada que ver.

—Hombre, los locos.»


IX
También yo despeino.

Los progresos en la mejoría de la pobre santa y mártir siguieron por la tarde; pero al anochecer cesaron. Sintió María dolor de cabeza, vértigos, y se amparó de ella la tristeza. Paoletti la había acompañado gran parte del día, hablando muy poco y de cosas sin substancia. León pasaba largos ratos á su lado.

«Oye—le dijo María.—No sé si es cosa de mi imaginación, algo extraviada por la fiebre, ó engaño de mis sentidos; pero ello es que siento...

—¿Qué?

—Como si por ahí, no sé por dónde, anduviera mucha gente... Creo oir como tropel de criados y ruido de platos, y hasta me parece que siento olores de comida que me repugnan.»

León quiso arrancarle aquellas ideas, mas no lo consiguió. Sólo se quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma, le dijo: «Mi buena amiga, esos ruidos y esos olores, quizá sean pura aprensión.»