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Latet anguis.
En la tarde precursora de aquella noche, la de San Salomó (á quien no hemos visto desde que en el salón japonés presenciaba el cuadro interesante de la Marquesa de Tellería asimilándose un sorbete de piña) fué invitada por D. Pedro Fúcar á visitar la estufa, echando al paso una ojeada á los caballos ingleses, poco há traídos de un harás de Londres. El tratante en blancos, el noble que traía su abolengo, si no de batallas contra moros, de felicísimas contratas entre fieles cristianos, conocía muy bien la poca estimación que á Pilar inspiraba; y ganoso de conquistar adeptos, no satisfecho de haber rendido á sus pies la Administración y el agio de ambos mundos, abrumó á la Marquesa con obsequios muy delicados. Además de mostrarle con especial diligencia las maravillas de Suertebella, le regaló algunas preciosidades de las que el palacio contenía, con la añadidura de flores vivas en tiestos de lujo, exóticas frutas, y para colmo de galantería le dió también reliquias y objetos piadosos que en la capilla había. Con toda su habilidad cortesana no podía ocultar el prócer pecuniario que la pena le dominaba más cada día, y distrayéndose á menudo, echaba suspiros y se quedaba mirando al suelo, cual si en el suelo, escrita en misteriosos guarismos, como el binomio sobre la tumba del gran Newton, estuviese la fórmula de un negocio que llevase á las arcas fucarinas la tierra toda que habitamos.
La de San Salomó, interpretando mal aquel desasosiego, lo atribuyó al escándalo del día, á la situación equívoca y deshonrosa en que estaba Pepa, á la singular instalación de León Roch y su mujer en Suertebella. Firme en este juicio, Pilar dió al Marqués cuando regresaban al palacio gracias mil por sus obsequios, añadiendo:
«Y tienen más valor sus finezas, Marqués, en los momentos en que se halla tan preocupado y entristecido con estas trapisondas.
—¡Y qué trapisondas!—exclamó D. Pedro, poniendo su alma toda en aquellas palabras.—No lo sabe usted bien, Pilar... Figúrese usted cómo serán ellas para conmover esta montaña.»
Puso la mano en su pecho, indicando que aquella roca cuaternaria tenía también sus escondidos manantiales de sentimiento. Serían las cinco cuando Fúcar se despidió, después de reiterar á los Tellerías el ofrecimiento de la casa. Él iba á Madrid á comer con su hija, y probablemente no volvería á Suertebella hasta el día siguiente. No obstante, si ocurriera alguna novedad, vendría á cualquier hora de la noche. Felizmente María estaba mejor y se pondría buena sin duda. Después de saludar á Gustavo, que á la sazón entró, porque no le permitían venir antes sus tareas parlamentarias y el cuidado de su bufete, tomó las de Villadiego.
Pilar quería marcharse pronto á Madrid, mas la detuvo Gustavo, muy afanoso por decirle no sabemos qué cosas; sólo se puede asegurar que la de San Salomó las oyó con grandísimo anhelo, regalándose mucho con aquel notición estupendo, de riquísimo gusto para su curiosidad y para su malicia. Ambos pasearon un rato por el jardín, y á veces Pilar prorrumpía en risas, diciendo: