—En ese caso—dijo León con tétrico humorismo,—ya que predicas, comienza predicándome la paciencia.
—Tú la tienes para tus obras criminales—replicó Sudre exaltándose.—Lo que yo podría predicarte ahora es la resignación, si fueras capaz de ella.
—Resignación... ¿pues no te oigo?—dijo Roch, que había llegado á una situación de ánimo en que le era imposible, sin reventar, hacer un misterio de la antipatía que toda aquella bendita familia suya le inspiraba.
—Mucha has de necesitar, pues esa calma de escéptico, que es mortaja de tu espíritu sin vida, no te servirá para oir lo que voy á decirte... Ya sabes que soy enemigo del duelo. Es contrario á todas las leyes divinas y humanas.
—Yo tampoco lo defiendo; pero creeré que el duelo es bueno si esas leyes divinas y humanas de que me hablas son las tuyas.
—Las mías son, y al mismo tiempo las únicas. Aborrezco el duelo porque es absurdo, porque es pecado; pero...
—Pero en estas circunstancias—dijo el otro interrumpiéndole,—te decides á condenarte por tener el gusto de batirte conmigo y matarme.
—Eso no sería un gusto. Soy cristiano.
—Acaba—dijo León exaltado.—¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y á la destreza, que á veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma que gustes...