Volviéndose repentinamente hacia su amigo, León dijo: «Pues buena suerte.

—Siento no poder dormir un poco—manifestó Federico.—Me muero de sueño; pero tengo que ponerme en camino con Fúcar.

—¿Te vas?

—¿No te lo había dicho? Se han empeñado en que les acompañe... Vamos adelante, adelante con los faroles.»

Cimarra aderezó sus palabras con una sonrisa maliciosa.

«Buen viaje,» dijo León volviéndole la espalda.

Sintióse más tarde el ruido de los coches del Marqués, ya dispuestos para llevar á los viajeros á la estación de Iparraicea. Subió Federico á su cuarto para arreglarse precipitadamente, y al poco rato oyóse en el falansterio el estrépito que acompaña á la salida y entrada de huéspedes, arrastre de equipajes, rugido de mozos, chillar de criados. León permaneció en la sala de juego, y aunque sentía la voz del Marqués y de su hija que entraban en el comedor para desayunarse, no quiso salir á despedirles.

Media hora después partió un ómnibus cargado de mundos y de criados, seguido de la berlina que llevaba á los tres viajeros. León vió el primer coche pasar junto á su ventana; pero antes de ver el segundo, dió media vuelta, y marchando de un ángulo á otro con las manos en los bolsillos, dijo para sí: «Debo estar tranquilo: yo no tengo culpa.»

Salió después al pasillo, donde empezaban á aparecer arrebujados y claudicantes los bañistas de más fe. Los bañeros, con sus mandiles recogidos, entraban en los calabozos donde yacen las marmóreas tinas, y con el vaho sulfuroso salía por las puertecillas ruido de los chorros de agua termal y el de las escobas fregoteando el interior de las pilas.