XII
La verdad.
Pasadas las primeras manifestaciones del cariño, María habló así: «Dime, mamá, ¿lo he soñado yo, ó es cierto que oí la voz de Gustavo y la de mi marido, como si riñeran?
—Hemos tenido una cuestión—dijo el insigne joven, que aún no había perdido su palidez, ni su nerviosidad, ni el ceño de su frente, tabla del Sinaí donde se creería estaban escritos el Decálogo y la Novísima Recopilación.
—No, no: palabras, tonterías,—indicó precipitadamente Milagros, que pensaba siempre en la reconciliación.
—Convertido en un salvaje al oirse acusado—afirmó Gustavo,—tu señor marido amenaza á sus semejantes con tirarles por los balcones, como si fueran puntas de cigarro.»
Después de esto trató de reir, creyendo que con un poco de risa volvería su sistema nervioso al estado normal.
«¿Dónde disputábais?
—Ahí, en la sala del Himeneo.
—¿Qué sala es esa?