«Mariquilla, al fin tu dichoso marido nos deja verte... ¡Secuestrador, bandido, lazzaroni!... Yo estaba en la cuadra divirtiéndome con una lucha entre dos perros y catorce ratas feroces, cuando me dijeron que se te podía ver. Subí corriendo... Ahí fuera está tu marido que parece una estatua, una figura más del grupo de Himeneo... Hermanita, ya estás bien, ¿no es verdad? Te levantarás pronto y saldrás de aquí.»
Milagros se rompió el codo contra el cuerpo de su hijo sin conseguir poner dique al torrente de indiscreción.
«No sé qué horrible miedo leo en vuestras caras—dijo la enferma, mirando uno por uno á todos los individuos de su familia.—Parece que al mismo tiempo se me quiere decir y se me quiere ocultar algo muy malo.
—Hija de mi alma, estás aún bastante delicada—indicó el Marqués, pasándole la mano por la frente.—Cuando te restablezcas, cuando podamos llevarte con nosotros...
—La pobre se figura lo que no es—dijo Milagros con emoción.—Mejor es que se salgan todos y nos dejen solitas á las dos.
—¡Me engañáis, me engañáis todos!» exclamó María con arrebato.
Y tomando el Crucifijo que bajo la almohada tenía, lo presentó á su familia diciendo:
«Atreveos á engañarme delante de éste.»
Todos callaron. Sólo Gustavo extendió su mano forense y deuteronómica hacia la sagrada imagen, y dijo con voz oratoria:
«Aborrezco la mentira, y creo que en ningún caso puede ser inconveniente ni peligrosa la verdad.»