—Porque no tenía celos, que son en mí... ahora lo veo claro como la idea de Dios... que son en mí la manera de amar.

—Sí: usted amaba—dijo el Padre lleno de confusiones recogiendo su mirada y dejándola de nuevo,—porque usted se interesaba por él y no quería que le pasase ninguna desgracia, en cuyas ideas la sostenía yo, sí, la sostenía...

—Pero él me decía muchas cosas—repitió María con el mismo lastimoso tono de niño que llora.—Me decía que usted...

—Que yo...

—Que usted, cercenando poco á poco los afectos para devolvérselos á Dios, cercenando las ideas para que no las manchara el ateísmo, quitándome todo lo del corazón y no dejándome más que un deber, había hecho de mí la concubina de mi marido.

—¡Oh! mujer, mujer—exclamó Paoletti con viveza de tono,—¡cuántas, cuántas veces rebatí ese argumento de apariencia terrible, dejándola á usted tranquila!

—Pues rebata usted este otro.

—¿Cuál?

—Que estoy celosa, envidiosa, y ahora quisiera para mí lo que ya no es mío.»

El buen Paoletti, alzando del suelo su mirada, irguió la cabeza. No satisfecho con esto y deseando poner sus ojos lo más alto posible, como se pone la luz en una torre para alumbrar á los navegantes extraviados, se levantó. Quería mirar á su amiga de arriba á bajo. Indudablemente el ilustre enano estaba inquieto, desasosegado, y dígase la verdad, poco satisfecho de sí.