«Abrazada á esta imagen bendita—dijo el clérigo,—olvide usted todo lo del mundo, todo, absolutamente todo.
—Olvido,—murmuró María en el fondo de aquella sima obscura de abnegación en que había caído.
—Todo, todo... Olvide que existe un hombre, que existe una mujer.
—Olvido,—dijo la voz más quedamente, como si siguiera bajando.
—Hágase usted cargo de que es igual que su cuerpo esté en Suertebella ó en su propia casa. Humille su amor propio hasta llegar á que no le importe nada la victoria terrestre de los malvados. No tenga usted horror al palacio en que está y en el cual hay una capilla consagrada á San Luis Gonzaga, cuya imagen parece el retrato de nuestro amadísimo Luis.»
A este recuerdo María pareció subir.
«Me reconcilio con el palacio. Tu nombre, hermano querido, me alegra. Que tu alma triunfante venga en auxilio de la mía.
—Así, así.
—Cuanto tengo, si es que tengo algo—dijo con voz clara besando el Crucifijo,—deseo que se reparta á los pobres. Mi marido y usted se pondrán de acuerdo. Deseo ser enterrada junto á mi hermano y que se me digan misas de cuerpo presente en el altar donde esté la imagen del santo que más quiero y admiro, San Luis Gonzaga.