Vacilaba y padecía, no queriendo lanzarse á donde su pensamiento iba con fatal vuelo, y gustaba de atarse otra vez la cadena rota. Creía honrarse apartando de sí toda idea de su propio bien, aunque éste fuera legítimo, y quería que su fantasía procediera noblemente no imaginando nada lisonjero en aquella luctuosa noche. Pero si el espíritu tiene velas maravillosas que lo impulsan y sin las cuales no puede navegar, tampoco puede hacerlo sin un lastre que se llama egoísmo. El egoísmo es necesario. Sin él y con velas se entregaría el hombre al loco arbitrio de los huracanes. Y con él solo y sin velas, queda reducido al triste papel de pontón. Gallarda y perfecta nave es la que tiene en justa medida alas y peso. Meditando en esto, él se negaba resueltamente á ser pontón. Había arrojado al agua todo su lastre para lanzarse como un rayo al oleaje de la contemplación pura de lo ideal, cuando sintió ruido, un rumor que le hizo temblar, como la cuerda tirante en los altos topes tiembla en la horrible trepidación del huracán: era un ruido de traje de mujer mezclado con un suspiro. Cuando miró, Pepa Fúcar estaba delante de él.

León, medroso, no osó preguntarle nada. Tenía ella en su cara el aspecto de un muerto que se levanta por miedo de haberse muerto. Sus dientes chocaban como al efecto de un frío intensísimo. Traía la tragedia en sus ojos y en su mano un papel. León tuvo valor para decirle:

«Por Dios... no vengas á turbarme... Mi pobre mujer ha muerto.

—Y yo...»

El temblor, aquel frío que parecía adquirido al contacto del sepulcro, le impidió seguir. Al fin concluyó la frase: «Y yo há tiempo que he venido... á decirte que mi marido vive.»

León se quedó como quien no oye bien. Su conciencia fué la que gritó un instante después: «¡Tu marido!...»

Se llevó la mano á la cabeza, en cuyo centro toda su sangre parecía circular en remolino.

«¡Vive!

—¿Le has visto?