—Pues te equivocas. ¡Ay! pobre de mí, pobre amigo de mi alma. Estamos solos, sin amparo; tenemos en contra la religión, las leyes, los parientes, los buenos y los malos, el mundo todo. Cuando el celebérrimo Gustavito me habló de las ventajas legales de su cliente, yo me enfurecí; pero conteniéndome, dije que Federico no podía ejercer la patria potestad, que si él insiste en presentar su querella, yo le acusaré... de todo eso que has dicho. Mi padre oyó esto con mucha calma, y al punto le ví inclinado á no sé qué horribles pasteleos... Balbuciente, dijo varias frases que me helaron el corazón... «Mi hija será razonable...» «Es preciso que todos hagamos un sacrificio...» «Yo, si Federico conviene en algo aceptable... ya se ve... no se puede hacer todo lo que se quiere...» «Lo principal aquí es evitar el escándalo...» Esto de evitar el escándalo, que repitió más de veinte veces, me probó que mi padre no está decidido á defenderme como deseo. ¡Transacción! ¡Y con quién, Dios mío! También habló de entenderse con los tíos de Federico, dos señores muy respetables, ya les conoces: el uno es magistrado del Supremo y el otro presidente de la Audiencia... ¿Qué saldrá de aquí? ¿En qué piensas? ¿qué dices á esto?

—Que si tu padre te abandona, fuerza será que combatas sola.

—Eso es, sí, me batiré sola. Bendito sea tu consejo. Tú me das los ánimos que me quita mi padre con su dichosa repugnancia de la exageración—dijo Pepa muy reanimada.—¡Si vieras qué armas tan formidables tengo!... Para enseñártelas te he traído aquí. Vas á verlas.»

En un ángulo de la alcoba vió León, siguiendo con los ojos la señal de su amiga, un armario de ébano y marfil, no muy grande, rico y bello en materia y forma, con aspecto á la vez elegante y sólido. A este mueble se dirigió la dama, y abriéndolo mostró su interior, que era un laberinto de puertecillas, arquitos, gavetas, secretos, escondrijos. Impulsó resortes y abrió desconocidos huecos.

«Esta parte de arriba—dijo Pepa sacando del depósito un papel que puso en manos de León,—se llama el arca de la tristeza. ¿Conoces esto?

—Es una carta, una carta mía.

—Me la escribiste cuando yo estaba en el colegio y tú preparándote para entrar en la Escuela de Minas. Léela y reflexiona sobre lo que me decías en aquellos tiempos... «Que yo te había inspirado un amor insensato...» Ríete ahora, si puedes, de tus tonterías de colegial... ¿A que no conservas tú mis cartas de colegiala, como yo conservo las tuyas?... ¿Y esto lo conoces?

—Es un alfiler de corbata—dijo él tomándolo:—también es mío.

—Sí... Se te perdió en casa un día que fuiste á comer... ya eras novio de esa pobrecita... pero yo tenía esperanza de que no te casaras con ella... Encontré esta prenda en la alfombra y la guardé... ¿Y estas flores las conoces?