—Vamos á la urgente. Le supongo á usted conocedor de los secretos de esta casa: no hablo de secretos de confesión.
—No conozco ninguno,—dijo con sequedad el italiano.
—Sin duda no merezco su confianza. ¿Pues qué? ¿No sabe usted que mi mujer...? He oído que los adúlteros tratan de ponerse en salvo.
—Caballero—dijo Paoletti con severidad,—yo no entiendo una palabra de lo que usted quiere saber de mí, ni me meto en donde no me llaman, ni me importa cosa alguna que los criminales se pongan en salvo ó no. Estoy velando el cuerpo de una dulcísima hija y amiga de quien he tenido el honor de ser director espiritual.
—Lo sé... Pero usted es muy apreciado en todas partes. D. Pedro le aprecia también, mi mujer es muy religiosa, y cuando está afligida gusta que le hablen de la Virgen del Carmen y de los santos. Pudo suceder que usted hubiera sido llamado á consolarla esta mañana, esta tarde... qué sé yo... podría suceder que usted supiera lo que yo ignoro; y dándonos á las conjeturas, podría suceder también que usted quisiera revelármelo y sacarme de la incertidumbre en que estoy.
—Ni yo sé nada, ni, sabiéndolo, podría rebajarme á hacer el papel de intrigante y chismoso que usted exige de mí—dijo Paoletti mostrando no poco enfado.—Usted no me conoce. Sus dignísimos tíos han olvidado decir á usted qué clase de hombre soy. Mi oficio es consolar á los afligidos, corregir á los malos. No me mezclo en intereses mundanos. El que me busca no me encontrará en parte alguna si no es en el confesonario. Con Dios, caballero.»
Levantóse para marcharse. El intruso le detuvo pillándole el hábito.
«¡Oh! aún me queda mucho que exponer—dijo.—No me juzgue usted tan á la ligera. Y si yo confesara, y si yo...»
El clérigo se volvió á sentar.