—Al fin, al fin—dijo el italiano con gozo,—veo la chispa pequeñísima.
—No, no me crea usted bueno por esto... Es que esa nena ó juguete rubio con ojos de ángel tiene sobre mí un atractivo singular. Se me figura que la quiero, que la querré más si la veo mucho tiempo cerca de mí. Me han dicho que estuvo á punto de morirse del crup. ¡Qué espanto!... ¿Qué dice usted?
—Que no hay tierra, por desolada é inculta que sea, donde no nazca una flor.
—No se trata aquí de flores. Lo que sí diré á usted es que al pasar por Nueva York ví en un escaparate un cochecillo de muñecas chiquitas, tirado por dos corderos, y lo compré para regalárselo.»
Paoletti sonrió, diciendo:
«Veo su amor propio de usted, veo la indiferencia hacia su esposa, veo el odio que tiene usted á su rival, veo el litigio y la proyectada transacción, veo el horrible ateísmo de usted, veo sus pasiones, su cínica inmoralidad, veo el amor á la niña, veo el cochecillo tirado por dos borregos que lleva usted en el bolsillo; pero no veo lo que yo tengo que hacer aquí.
—Hemos llegado al punto concreto, á la cosa urgente. Yo tengo grandísimo anhelo por saber lo que traman... ¿Está él aquí esta noche?... Me han dicho que hoy recibió aquí á sus amigos. Yo estoy persuadido de que usted lo sabe, porque mi mujer le habrá confiado algo.
—¿A mí?... Creo que soy muy antipático á la señora.
—O lo sabrá por la Condesa de Vera, que es la confidente de mi mujer, y si no me engaño, es hija espiritual de usted.