—Ninguno quiere servirme por miedo á Fúcar. Mi distinguido suegro les ha mandado que no me permitan entrar. Desde la verja hasta aquí, á un solo criado he podido sobornar. Hasta los perros me odian aquí.
—Entre usted como entran los ladrones.
—Temo que me vean.
—Entre usted como padre.
—No puedo, al menos por ahora.
—Menos puedo yo.
—Si la Condesa de Vera está aquí y usted le habla dos palabras, y le pinta con elocuencia mi deseo, tal vez... A usted no le negarán esto. Yo juro que no llevo ninguna intención mala; sólo quiero dar á mi hija tres besos bien dados...
—Vade retro. Desconfío de sus intenciones, que pueden ser como las pinta usted, y pueden ser perversísimas.
—Pues no insisto. Tengo la virtud de no ser pobre porfiado. Se acabó la parte urgente de nuestra entrevista. Usted dispensará mi atrevimiento.