«¿Has concluído?—dijo á su esposa, viéndola que dejaba el libro para rezar un momento en silencio y con los ojos cerrados.

—¿Has acabado tú el periódico?... Déjamelo, quiero ver una cosa. La Duquesa de Ojos del Guadiana no quiso costear sola la función de mañana... A ver si se anuncia en la sección de cultos.»

León leyó en voz alta toda la sección de cultos.

«¿Sermón del Padre Barrios?...—interrumpió María demostrando admiración.—Si le hemos mandado retirar porque está asmático y no se le puede oir... ¡Qué abuso! San Prudencio va tomando fama de ser el refugio de los malos predicadores, y allí van los descreídos á reirse de la tartamudez del capellán y del acento italiano del Padre Paoletti. Todo consiste en que hay personas que parece que dirigen las funciones y no dirigen nada. Pero no faltará quien ponga orden en aquella casa. No, no sueltes el periódico: lee los espectáculos, ¿Qué ópera nos dan mañana?

—La misma—dijo León arrojando de sí el papel, y deteniendo por el brazo á su mujer que se levantaba.—Aguarda, tengo que hablarte.

—Y de cosas serias, según parece—manifestó sonriéndose María.—¿Estás enojado? ¡Ah! ya sé... me vas á reñir. Sí, sí—añadió arrojándose en un sofá próximo á la butaca en que estaba sentado él.—Me riñes porque he gastado mucho dinero este mes.

—No.

—Reconozco que he sido algo pródiga; pero con la economía de otro mes te indemnizaré... Sí, queridito: he gastado más de la cuenta. ¿A ver?... Los tres vestidos, diez y siete mil; el triduo, cuatro mil; la novena que me correspondió, diez mil... La tapicería nueva de mi alcoba... de eso has tenido tú la culpa por burlarte de los angelitos blancos jugando con espigas azules... Además, tengo que poner los regalos á los actores, por no haber querido cobrar nada en la función de Beneficiencia... tres relojes, dos petacas, dos alfileres... Además... Mañana sacaré la cuenta.

—No es eso, te digo que no es eso. Puedes gastarme todo lo que quieras, puedes arruinarme, instituyendo herederos de mi fortuna á modistas, curas y cómicos. De otra cosa más grave que tus gastos quiero hablarte, María: quiero preguntarte si no es tiempo ya de que cese la aridez y la tristeza de este matrimonio nuestro; si no es tiempo ya de que reconozcas que tu atención excesiva á los asuntos de iglesia es como una especie de infidelidad, y que para dar tanto á las devociones, forzosamente has de quitar algo á nuestra casa y á mí.