«¿Creerás que me has confundido con tu charla, queridito?... Pues has de saber que si me visto bien y voy al teatro, y alguna vez al baile, es porque tengo permiso para ello, es porque puedo hacerlo sin desmentir mi piedad. Quien sabe más que tú de tales cosas me ha tranquilizado sobre este punto, haciéndome ver que como mujer casada no puedo romper los lazos que me unen á la sociedad...

—Sí: esa, esa es la consigna, yo lo sé...—dijo León riendo.—Divertíos todo lo que queráis, con tal que...

—Tus reticencias son blasfemias... Calla, idiota... ¡Si te convencerás al fin de que no sabes más que sandeces!

—¿Sandeces?—dijo León sonriendo y tomando entre sus dedos la barbilla de su mujer, que era un prodigio de redondez y gracia.

—¡Cómo me voy á reir de tí, cuando al fin, con la eficacia de mis oraciones, de mi fe, de mi piedad, consiga del Señor...! ¿Te ríes? Pues no te rías. Otros ejemplos más extraños se han visto. Sé algunos casos que si te los contara te pasmarían.

—Pues no me los cuentes,—dijo León moviendo á un lado y otro la cara hechicera de su mujer, cogida siempre por la barbilla.

—Sí: hay casos que parecen increíbles, casos de hombres malvados que se han convertido... y tú no eres malvado...

—¿Todavía no he sido declarado malvado...? Descuide usted, señora, que todo se andará. Gracias por la buena opinión que allá se tiene de mí... todavía.»

María se abalanzó á él, y estrechando con vigor su cabeza, le besó en la frente.