Mirábanle los criados con indiferencia, quizás porque él no les dirigía nunca la palabra, ni les pedía nada; tanta era su humildad. Resistía el hambre y la sed hasta un extremo incalculable, y no conocía las molestias, porque las trocaba en placeres su alma codiciosa de mortificación. Un lacayín con pechera estrellada de botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza trasquilada, los pies ágiles y las manos rojas y llenas de verrugas, era el único que le prestaba algunos servicios, aun á despecho del mismo joven. Este solía hacerle preguntas:

«¿Cómo te llamas?

—Felipe Centeno.

—¿De dónde eres?

—De Socartes.»

Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el lacayito se alejaba. Los demás servidores de aquella casa tenían todos una expresión displicente y avinagrada, como hombres que contra su voluntad hacen penitencia, viéndose condenados á pobreza absoluta en medio del lujo y de la pompa. La Marquesa y María acompañaban largas horas á Luis, procurando reanimarle con triviales palabras.

«Yo no temo la muerte—les decía él sinceramente.—Por el contrario, la deseo con todo el ardor de mi alma, como un cautivo sano desea la libertad. Vosotros no me comprendéis porque estáis apegados al mundo, porque no vivís la vida interior, porque no habéis roto, como yo, todos los lazos de la tierra.»

Acogía la Marquesa con suspiros estas seráficas declaraciones, que producían tristeza y admiración, por considerar cuán lejos se hallaba ella de tales alturas. Su reclusión y el calor daban á la señora melancolía y aburrimiento. Una noche, cuando León se retiraba á su casa, dijo á su mujer:

«Sólo por dignidad, ó mejor dicho, por miedo al qué dirán, no ha seguido tu mamá á los demás en esta deserción infame. ¡En qué horrible mundo vivimos! Pues que todos se van ó se quieren ir, nosotros nos quedaremos. Tu hermano está muy grave; puede resistir todo el verano, y puede acabarse cuando menos se piense.»

Al día siguiente, el médico dijo que la casa de Tellería, situada en un barrio populoso, sombrío y mal ventilado, era lugar muy impropio para el enfermo. Se acordó trasladarle al hotel de León, situado en los bordes de la villa, bañado de aires saludables, y protegido por plácido silencio. El enfermo no opuso resistencia, como no la oponía á cosa alguna, y fué trasladado á la morada de su hermana. Le instalaron en el piso bajo para evitarle subir escaleras, dándole por alcoba una pieza inmediata al despacho de León, y por sala para residir constantemente el despacho mismo, vasto, claro, alegre. Ninguna de estas ventajas llamó su atención, porque lo mismo era para él un real palacio que la mazmorra más obscura. El primer día diéronle fuertísimas congojas, y tan continuadas, que madre é hija se alarmaron mucho; mas él, luego que fué serenándose, sonreía con afabilidad y dulzura, diciéndoles: